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23ª semana.
Viernes
FILIACIÓN DIVINA
— Generosidad
de Dios, que ha querido hacernos
hijos suyos.
— Consecuencias
de la filiación divina: abandono en
el Señor.
— «Portarnos
como hijos de Dios con los hijos de
Dios»: fraternidad.
I. Escribe
San Pablo a Timoteo y, abriéndole
confiadamente su corazón, le cuenta
cómo el Señor se fió de él y le hizo
Apóstol, a pesar de haber sido
blasfemo y perseguidor de
los cristianos. Dios –le
dice– derrochó su gracia en mí,
dándome la fe y el amor cristiano1.
Cada uno de nosotros puede afirmar
también que Dios ha derramado
abundantemente su gracia sobre él.
Dios nos creó, y luego ha querido
darnos gratuitamente la dignidad más
grande: ser hijos suyos, alcanzar la
felicidad de ser domestici Dei,
de su propia familia2.
La filiación
divina natural se da en Dios Hijo:
«Jesucristo, Hijo unigénito de Dios,
nacido del Padre antes de todos los
siglos..., engendrado, no hecho;
consustancial al Padre»3.
Pero Dios quiso, a través de una
nueva creación, hacernos hijos
adoptivos, partícipes de la
filiación del Unigénito: Ved qué
amor nos ha mostrado el Padre, que
nos llamemos hijos de Dios y lo
seamos4; ha querido
que el cristiano reciba la gracia,
de modo que goce de una
participación de la naturaleza
divina: Divinae consortes naturae,
dice San Pedro en una de sus
Epístolas5. La vida que
reciben los hijos en la generación
humana ya no es de los padres; en
cambio, por la gracia santificante,
la vida de Dios se da a los hombres.
Sin destruir ni forzar nuestra
naturaleza humana, somos admitidos
en la intimidad de la Trinidad
Beatísima por la vía de la
filiación, que en Dios se da a
través del Unigénito del Padre. Toda
la vida queda afectada por el hecho
de la filiación divina: nuestro ser
y nuestro actuar6. Y esto
tiene múltiples consecuencias
prácticas, por ejemplo: la oración
será ya la de un hijo pequeño que se
dirige a su padre, pues descubrimos
que Dios, además de ser el Ser
Supremo, Creador y Todopoderoso, es
verdaderamente Padre Amoroso
de cada uno; la vida interior no es
ya una lucha solitaria contra los
defectos o para «autoperfeccionarse»,
sino abandono en los brazos fuertes
del Padre... y deseo vivo –que se
traduce en obras– de dar alegrías a
nuestro Padre Dios, de quien nos
sabemos muy queridos.
Todos los
cristianos podemos decir
verdaderamente: Dios derrochó su
gracia en mí; nos engendró a una
nueva vida en Cristo Jesús7;
por ella nos hacemos semejantes a
Cristo, y en esa medida somos hijos
del Padre. Y es precisamente el
Paráclito el que nos enseña –incluso
sin que nos demos cuenta– esta
grandiosa realidad, haciendo que
reconozcamos a Jesús como Hijo de
Dios y que también nos reconozcamos
a nosotros, no como extraños, sino
como hijos, y que obremos en
consecuencia. Santo Tomás de Aquino
resume esta dichosa relación con la
Trinidad Santísima, con estas breves
palabras: «la adopción, aunque
pertenezca a toda la Trinidad, se
adscribe al Padre como a su autor,
al Hijo como a su ejemplo, al
Espíritu Santo como a quien imprime
en nosotros la semejanza a ese
ejemplo»8.
Esta realidad da a
la vida una especial firmeza y un
modo peculiar de enfrentarnos a todo
lo que lleva consigo. «Descansa en
la filiación divina. Dios es un
Padre –¡tu Padre!– lleno de ternura,
de infinito amor.
»—Llámale Padre
muchas veces, y dile –a solas– que
le quieres, ¡que le quieres
muchísimo!: que sientes el orgullo y
la fuerza de ser hijo suyo»9.
Dios es nuestro descanso y la fuerza
que necesitarnos.
II. Y
si hacerse hijos de Dios significa
identificarse con el Hijo, significa
también ver los
acontecimientos y juzgarlos con los
ojos del Hijo, obedecer como
Cristo, que se hizo obediente hasta
la muerte10, amar
y perdonar como Él,
comportarse siempre como los hijos
que se saben en presencia de su
Padre Dios11, confiados y
serenos, comprendidos, perdonados,
alentados siempre a seguir
adelante...
Quien se sabe hijo
de Dios no debe tener temor alguno
en su vida. Dios conoce mejor
nuestras necesidades reales, es más
fuerte que nosotros Y es nuestro
Padre12. Debemos hacer
como aquel niño que en medio de una
tempestad permanecía en sus juegos,
mientras los marineros temían por
sus vidas; era el hijo del patrón
del barco. Cuando al desembarcar le
preguntaron cómo pudo estar tan
tranquilo en medio de aquel mar
embravecido, mientras ellos estaban
espantados, respondió: «¿Temer?
¡Pero si el timón estaba en manos de
mi padre!». Cuando tratamos de
identificar nuestra voluntad con la
de Dios, el timón de la vida lo
lleva Él, que conoce bien el rumbo
que conduce al puerto seguro, Está
en buenas manos, en la calma y en la
tempestad.
Porque Dios lo
permita, puede ocurrir a un alma que
lucha seriamente por la santidad
que, en medio de las dificultades,
se sienta como perdida, inepta,
desconcertada; que no entienda, a
pesar de su deseo de ser toda de
Dios, lo que ocurre a su
alrededor. «En esos momentos en que
ni siquiera se sabe cuál es la
Voluntad de Dios, y uno protesta:
¡Señor, cómo puedes querer esto, que
es malo, que es abominable ab
intrínseco! -como la Humanidad
de Cristo se quejaba en el Huerto de
los Olivos-, cuando parece que la
cabeza enloquece y el corazón se
rompe... Si alguna vez sentís este
caer en el vacío, os aconsejo
aquella oración que yo repetí muchas
veces junto a la tumba de una
persona amada: Fiat, adimpleatur,
laudetur atque in aeternum
superexaltetur iustissima atque
amabilissima...»13.
«Hágase, cúmplase, sea alabada y
eternamente ensalzada la justísima y
amabilísima Voluntad de Dios, sobre
todas las cosas. –Amén. –Amén»14.
Es el momento de
ser muy fieles a la Voluntad de
Dios, y de dejarnos exigir y ayudar
en la dirección espiritual personal
con docilidad total -aunque no
entendamos Si Él, que es nuestro
Padre, permite esa situación y ese
estado de oscuridad interior,
también nos otorgará las gracias y
ayudas necesarias. Ese abandono, sin
poner límite alguno, en las manos de
Dios, nos dará una paz
inquebrantable, y en medio del vacío
más completo sentiremos poderoso y
suave el brazo de Dios que nos
sostiene. También nosotros
repetiremos entonces, despacio, con
un dulce paladeo, esa confiada
oración: Hágase, cúmplase, sea
alabada...
III.
Me enseñarás el sendero de la
vida, me saciarás de gozo en tu
presencia, de alegría perpetua a tu
derecha15, proclama
el Salmista. Y no existe alegría más
profunda –también en medio de la
necesidad y del vacío, cuando el
Señor lo permite–, que la del hijo
de Dios que se abandona en manos de
su Padre, porque ningún bien puede
compararse a la infinita riqueza de
ser familiares de Dios, hijos de
Dios; esta alegría sobrenatural, tan
relacionada con la Cruz, es el
«gigantesco secreto del cristiano»16.
Quien se siente hijo de Dios no
pierde la paz, ni siquiera en los
momentos más duros; la conciencia de
su filiación divina le libera de sus
tensiones interiores y cuando, por
su debilidad, se descamina, si
verdaderamente se siente hijo,
vuelve arrepentido y confiado a la
casa del Padre.
«La filiación
divina es también fundamento de la
fraternidad cristiana, que está muy
por encima del vínculo de
solidaridad que une a los hombres
entre sí»17. Los
cristianos nos sentimos, sobre todo,
hermanos, porque somos hijos del
único Padre, que ha querido
establecer con nosotros el vínculo
sobrenatural de la caridad. Las
manifestaciones que esta fraternidad
debe tener en la vida corriente son
innumerables: respeto mutuo,
delicadeza en el trato, espíritu de
servicio y ayuda en el camino que
nos lleva a Dios... En el Evangelio
de la Misa el Señor pide a los suyos
una mirada limpia para ver a sus
hermanos. ¿Por qué te fijas en la
mota que tiene tu hermano en el ojo
y no reparas en la viga que llevas
en el tuyo? (...) Saca
primero la viga de tu ojo, y
entonces verás claro para sacar la
mota del ojo de tu hermano18.
El Maestro nos invita a ver a los
demás sin los prejuicios que
forjamos con las propias faltas y
con la soberbia, en definitiva, por
la que tendemos a aumentar las
flaquezas ajenas y a empequeñecer
las propias; nos exhorta el Señor «a
mirar a los demás desde más dentro,
con mirada nueva (...), hace falta
quitar la viga de nuestro propio
ojo. Estamos a veces ocupados en la
tarea superficial de querer siempre
quitar a todo el mundo la mota de su
ojo. Y lo que hace falta es renovar
nuestra forma de contemplar a los
demás»19, mirarles como a
hermanos, a quienes Dios tiene un
amor particular. «Piensa en los
demás –antes que nada, en los que
están a tu lado– como en lo que son:
hijos de Dios, con toda la dignidad
de ese título maravilloso.
»Hemos de
portarnos como hijos de Dios con los
hijos de Dios: el nuestro ha de ser
un amor sacrificado, diario, hecho
de mil detalles de comprensión, de
sacrificio silencioso, de entrega
que no se nota. Este es el bonus
odor Christi, el que hacía decir
a los que vivían entre nuestros
primeros hermanos en la fe:
¡Mirad cómo se aman!»20.
Portarnos como
hijos de Dios con los hijos de Dios,
ver a las gentes como Cristo las
veía, con amor y comprensión; a
quienes están cerca y a quienes
parece que se alejan, pues la
fraternidad se extiende a todos los
hombres, porque todos son hijos de
Dios –criaturas suyas– y también
todos están llamados a la intimidad
de la casa del Padre. Esta misma
fraternidad nos impulsará al
apostolado, no dejando de poner
ningún medio para acercar las almas
a Dios.
Siguiendo ese
camino ancho de la filiación divina,
pasaremos por la vida con serenidad
y paz, haciendo el bien21
como Jesucristo, el Modelo en el que
hemos de mirarnos continuamente, en
quien aprendemos a ser hijos de Dios
Padre y a comportarnos como tales.
Si acudimos a Santa María, Madre de
Dios y Madre nuestra, nos enseñará a
abandonarnos en el Señor, como hijos
pequeños que andan tan necesitados.
Nunca dejará de atendernos.
1 Primera
lectura. Año 1. 1 Tim, 1,
12-14. — 2 Ef 2, 19. —
3 Conc.
de Nicea, a. 325. Denz-Sch,
125. — 4 1 Jn 3, 1. —
5 2 Pdr 1, 4. — 6
Cfr. F. Ocáriz,
El sentido de la filiación divina,
Pamplona 1982, p. 178. — 7
Gal 3, 28. — 8
Santo Tomás,
Suma Teológica, 3, q, 23, a.
2, ad 3. — 9
San Josemaría
Escrivá, Forja, n.
331. — 10 Cfr. Flp 2,
8. — 11 Cfr. Mª. C.
Calzona,
Filiación divina y vida cristiana
en medio del mundo, en La
misión del laico en la Iglesia y en
el mundo, EUNSA, Pamplona 1987,
p. 304. — 12 Cfr. V.
Lehodey,
El santo abandono, Católica
Casals, Barcelona 1951, II, 3. —
13 Postulación de la Causa de
Beatificación y Canonización del
Siervo de Dios, Josemaría Escrivá de
Balaguer, Sacerdote, Fundador del
Opus Dei, Artículos del Postulador,
Roma 1979, n. 452. — 14
San Josemaría
Escrivá, Camino, n.
691 — 15 Salmo
responsorial. Año I. Sal
15, 11. — 16 Cfr. G. K.
Chesterton,
Ortodoxia, Madrid 1917, pp.
308-309. — 17 Mª. C.
Calzona,
o. c., p. 303. — 18
Lc 6, 41-42. — 19 A. Mª.
Gª. Dorronsoro,
Dios y la gente, Rialp,
Madrid 1974, pp. 134-135. — 20
San Josemaría
Escrivá, Es Cristo que
pasa, 36. — 21 Cfr.
Hech 10, 38. |