|
Pascua. 4ª semana. Miércoles
ACCIONES DE GRACIAS
— El
agradecimiento a Dios por todos los bienes es
una manifestación de fe, de esperanza y de amor.
Innumerables motivos para ser agradecidos.
— Ver la
bondad de Dios en nuestra vida. La virtud humana
de la gratitud.
— La
acción de gracias después de la Santa Misa y
de la Comunión.
I.
Te daré gracias entre las naciones, Señor;
contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya1,
rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.
Constantemente nos invita la Sagrada Escritura a
dar gracias a Dios: los himnos, los salmos, las
palabras de todos los hombres justos están
penetradas de alabanza y de agradecimiento a
Dios. ¡Bendice, alma mía, a Yahvé y no
olvides ninguno de sus favores!2,
dice el Salmista. El agradecimiento es una forma
extraordinariamente bella de relacionarnos con
Dios y con los hombres. Es un modo de oración
muy grato al Señor, que anticipa de alguna
manera la alabanza que le daremos por siempre en
la eternidad, y una manera de hacer más grata la
convivencia diaria. Llamamos precisamente
Acción de gracias al sacramento de la
Sagrada Eucaristía, por el que adelantamos
aquella unión en que consistirá la
bienaventuranza eterna.
En el
Evangelio vemos cómo el Señor se lamenta de la
ingratitud de unos leprosos que no saben ser
agradecidos: después de haber sido curados ya no
se acordaron de quien les había devuelto la
salud, y con ella su familia, el trabajo..., la
vida. Jesús se quedó esperándolos3.
En otra ocasión se duele de la ciudad de
Jerusalén, que no percibe la infinita
misericordia de Dios al visitarla4,
ni el don que le hace el Señor al tratar de
acogerla como la gallina reúne a sus polluelos
bajo las alas5.
Agradecer
es una forma de expresar la fe, pues reconocemos
a Dios como fuente de todos los bienes; es una
manifestación de esperanza, pues afirmamos que
en Él están todos los bienes; y lleva al amor6
y a la humildad, pues nos reconocemos pobres y
necesitados. San Pablo exhortaba encarecidamente
a los primeros cristianos a que fueran
agradecidos: Dad gracias a Dios, porque esto
es lo que quiere Dios que hagáis en Jesucristo7,
y considera la ingratitud como una de las causas
del paganismo8.
«San Pablo
–señala San Juan Crisóstomo– da gracias en todas
sus cartas por todos los beneficios de la
tierra. Démoslas también nosotros por los
beneficios propios y por los ajenos, por los
pequeños y por los grandes»9. Un día,
cuando estemos ya en la presencia de Dios para
siempre, comprenderemos con entera claridad que
no solo nuestra existencia se la debemos a Él,
sino que toda ella estuvo llena de tantos
cuidados, gracias y beneficios «que superan en
número a las arenas del mar»10. Nos
daremos cuenta de que no tuvimos más que motivos
de agradecimiento a Dios y a los demás. Solo
cuando la fe se apaga se dejan de ver estos
bienes y esta grata obligación.
«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en
acción de gracias, muchas veces al día. —Porque
te da esto y lo otro. —Porque te han
despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas
o porque lo tienes.
»Porque
hizo tan hermosa a su Madre, que es también
Madre tuya. —Porque creó el sol y la luna y
aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo
a aquel hombre elocuente y a ti te hizo
premioso...
»Dale
gracias por todo, porque todo es bueno»11.
II. El Señor nos enseñó a ser
agradecidos hasta por los favores más pequeños:
Ni un vaso de agua que deis en mi nombre
quedará sin su recompensa12. El
samaritano que volvió a dar gracias se marchó
con un don todavía mayor: la fe y la amistad del
Señor: Levántate y vete, tu fe te ha salvado,
le dijo Jesús13. Los nueve leprosos
desagradecidos se quedaron sin la parte mejor
que les había reservado. El Señor espera de
nosotros los cristianos que cada día nos
acerquemos a Él para decirle muchas veces:
«¡Gracias, Señor!».
Como virtud
humana, la gratitud constituye un eficaz vínculo
entre los hombres y revela con bastante
exactitud la calidad interior de la persona. «Es
de bien nacidos ser agradecidos», dice la
sabiduría popular. Y si falta esta virtud se
hace difícil la convivencia humana.
Cuando
somos agradecidos con los demás guardamos el
recuerdo afectuoso de un beneficio, aunque sea
pequeño, con el deseo de pagarlo de alguna
manera. En muchas ocasiones solo podremos decir
«gracias», o algo parecido. En la alegría
que ponemos en ese gesto va nuestro
agradecimiento. Y todo el día está lleno de
pequeños servicios y dones de quienes están a
nuestro lado. Cuesta poco manifestar nuestra
gratitud y es mucho el bien que se hace: se crea
un mejor ambiente, unas relaciones más
cordiales, que facilitan la caridad.
La persona
agradecida con Dios lo es también con quienes la
rodean. Con más facilidad sabe apreciar esos
pequeños favores y agradecerlos. El soberbio,
que solo está en sus cosas, es incapaz de
agradecer; piensa que todo le es debido.
Si estamos
atentos a Dios y a los demás, apreciaremos en
nuestro propio hogar que la casa esté limpia y
en orden, que alguien haya cerrado las ventanas
para que no entre el frío o el calor, que la
ropa esté limpia y planchada... Y si alguna vez
una de estas cosas no está como esperábamos,
sabremos disculpar, porque es incontablemente
mayor el número de cosas gratas y favores
recibidos.
Y al salir
a la calle, el portero merece nuestro
agradecimiento por guardar la casa, y la señora
de la farmacia que nos ha proporcionado las
medicinas, y quienes componen el periódico y han
pasado la noche trabajando, y el conductor del
autobús... Toda la convivencia humana está llena
de pequeños servicios mutuos. ¡Cómo cambiaría
esta convivencia si además de pagar y de cobrar
lo justo en cada caso, lo agradeciéramos! La
gratitud en lo humano es propio de un corazón
grande.
III. Las acciones de gracias
frecuentes deben informar nuestro comportamiento
diario con el Señor, porque estamos rodeados de
sus cuidados y favores: «nos inunda la gracia»14.
Pero existe un momento muy extraordinario en el
que el Señor nos llena de sus dones, y en él
debemos ser particularmente agradecidos: la
acción de gracias que sigue a la Misa.
Nuestro
diálogo con Jesús en esos minutos debe ser
particularmente íntimo, sencillo y alegre. No
faltarán los actos de adoración, de petición, de
humildad, de desagravio y de agradecimiento.
«Los santos (...) nos han dicho repetidamente
que la acción de gracias sacramental es para
nosotros el momento más precioso de la vida
espiritual»15.
En esos
momentos debemos cerrar la puerta de nuestro
corazón para todo aquello que no sea el Señor,
por muy importante que pueda ser o parecer. Unas
veces nos quedaremos a solas con Él y no serán
necesarias las palabras; nos bastará saber que
Él está allí, en nuestra alma, y nosotros en Él.
Bastará poco para estar hondamente agradecidos,
contentos, experimentando la verdadera amistad
con el Amigo. Allí cerca están los ángeles, que
le adoran en nuestra alma... En ese momento el
alma es lo más semejante al Cielo en este mundo.
¿Cómo vamos a estar pensando en otras cosas...?
En otras
ocasiones echaremos mano de esas oraciones que
recogen los devocionarios, que han alimentado la
piedad de generaciones de cristianos durante
muchos siglos: Te Deum, Trium puerorum, Adoro
te devote, Alma de Cristo..., y otras
muchas, que los santos y los buenos cristianos
que han amado de verdad a Jesús Sacramentado nos
han dejado como alimento de nuestra piedad.
«El amor a
Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa
a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos
para una acción de gracias personal, íntima, que
prolongue en el silencio del corazón esa otra
acción de gracias que es la Eucaristía. ¿Cómo
dirigirnos a Él, cómo hablarle, cómo
comportarse?
»No se
compone de normas rígidas la vida cristiana
(...). Pienso, sin embargo, que en muchas
ocasiones el nervio de nuestro diálogo con
Cristo, de la acción de gracias después de la
Santa Misa, puede ser la consideración de que el
Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro,
Amigo»16.
Rey,
porque nos ha rescatado del pecado y nos ha
trasladado al reino de la luz. Le pedimos que
reine en nuestro corazón, en las palabras que
pronunciemos en ese día, en el trabajo que le
hemos ofrecido, en nuestros pensamientos, en
cada una de nuestras acciones.
En la
Comunión vemos a Jesús como Médico, y
junto a Él encontramos el remedio de todas
nuestras enfermedades. Acudimos a la Comunión
como se llegaban a Él los ciegos, los sordos,
los paralíticos... Y no olvidamos que tenemos en
nuestra alma, a nuestra disposición, la Fuente
de toda vida. Él es la Vida.
Jesús es el
Maestro, y reconocemos que Él tiene
palabras de vida eterna..., y en nosotros
¡existe tanta ignorancia! Él enseña sin cesar,
pero debemos estar atentos. Si estuviéramos con
la imaginación, la memoria, los sentidos
dispersos... no le oiríamos.
En la
Comunión contemplamos al Amigo, el
verdadero Amigo, del que aprendemos lo que es la
amistad. A Él le contamos lo que nos pasa, y
siempre encontramos una palabra de aliento, de
consuelo... Él nos entiende bien. Pensemos que
está con la misma presencia real con la que se
encuentra en el Cielo, que le rodean los
ángeles... En ocasiones pediremos ayuda a
nuestro Ángel Custodio: «Dale gracias por mí, tú
lo sabes hacer mejor». Ninguna criatura como la
Virgen, que llevó en su seno durante nueve meses
al Hijo de Dios, podrá enseñarnos a tratarle
mejor en la acción de gracias de la
Comunión. Acudamos a Ella.
1
Antífona de entrada. Sal 17, 50; 21, 23. —
2 Sal 102, 2. — 3 Cfr.
Lc 17, 11 ss. — 4 Cfr. Lc 19,
44. — 5 Cfr. Mt 23, 37. — 6
Cfr. Santo Tomás,
Suma Teológica, 2-2, q. 101, a. 3. — 7
1 Tes 5, 18. — 8 Cfr. Rom
1, 18-32. — 9 San
Juan Crisóstomo, Homilías sobre San
Mateo, 25, 4. — 10 Ibídem. —
11 San Josemaría
Escrivá, Camino, n. 268. — 12
Mt 10, 42. — 13 Lc 17, 19.
— 14 Ch.
Journet, Charlas
acerca de la gracia, Madrid 1979, p. 17. —
15 R. Garrigou-Lagrange,
Las tres edades de la vida interior,
Palabra, 4ª ed., Madrid 1982, vol. I, p. 489. —
16 San Josemaría
Escrivá, Es Cristo que pasa, 92. |