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Editores de
"El Camino de
María"


Mes
de María
Vigésimo
día
Nuestra Señora de la
Medalla Milagrosa
27 de
noviembre
Entre las medallas marianas
destaca, por su extraordinaria difusión, la denominada
"Medalla Milagrosa". Tuvo su origen en las apariciones de la
Virgen María, en 1830, a una humilde novicia de las Hijas de la
Caridad, la futura Santa Catalina Labouré. La medalla, acuñada
conforme a las indicaciones de la Virgen a la Santa, ha sido
llamada "microcosmos mariano" a causa de su rico simbolismo:
recuerda el misterio de la Redención, el amor del Corazón de
Cristo y del Corazón doloroso de Maria, la función mediadora de
la Virgen, el misterio de la Iglesia, la relación entre la
tierra y el cielo, entre la vida temporal y la vida eterna. Alrededor se lee:
"Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos
a Tí".
"Peregrinando en
la
Fe con María"
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Trigésimo día
Fiesta de la
Inmaculada
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Nuestra Señora de la
Medalla Milagrosa
Oh, María, sin pecado
concebida,
ruega por nosotros que
recurrimos a Tí.

La Presentación de Jesús en el
Templo
Siempre a través de este
camino de la «obediencia de la fe» María oye algo más tarde
otras palabras; las pronunciadas por Simeón en el templo de
Jerusalén. Cuarenta días después del nacimiento de
Jesús, según lo prescrito por la Ley de Moisés, María y José «
llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor » (Lc
2, 22) El nacimiento se había dado en una situación de extrema
pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que, con ocasión del censo
de la población ordenado por las autoridades romanas, María se
dirigió con José a Belén; no habiendo encontrado « sitio en el
alojamiento », dio a luz a su hijo en un establo y «le acostó
en un pesebre » (cf. Lc 2, 7).
Un hombre justo y piadoso,
llamado Simeón, aparece al comienzo del « itinerario» de la fe
de María. Sus palabras, sugeridas por el Espíritu Santo (cf.
Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la anunciación. Leemos, en
efecto, que «tomó en brazos» al niño, al que —según la orden del
ángel— «se le dio el nombre de Jesús» (cf. Lc 2, 21). El
discurso de Simeón es conforme al significado de este nombre,
que quiere decir Salvador: «Dios es la salvación». Vuelto al
Señor, dice lo siguiente: «Porque han visto mis ojos tu
salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel»
(Lc 2, 30-32). Al mismo tiempo, sin embargo, Simeón se
dirige a María con estas palabras: «Este está puesto para
caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción ... a fin de que queden al descubierto las
intenciones de muchos corazones»; y añade con referencia
directa a María: «y a ti misma una espada te atravesará el
alma»
(Lc 2, 34-35). Las
palabras de Simeón dan nueva luz al anuncio que María ha oído
del ángel: Jesús es el Salvador, es « luz para iluminar » a los
hombres. ¿No es aquel que se manifestó, en cierto modo, en la
Nochebuena, cuando los pastores fueron al establo? ¿No es aquel
que debía manifestarse todavía más con la llegada de los Magos
del Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya
al comienzo de su vida, el Hijo de María —y con él su Madre—
experimentarán en sí mismos la verdad de las restantes palabras
de Simeón: « Señal de contradicción » (Lc 2, 34). El anuncio de
Simeón parece como un segundo anuncio a María, dado que le
indica la concreta dimensión histórica en la cual el Hijo
cumplirá su misión, es decir en la incomprensión y en el dolor.
Si por un lado, este anuncio confirma su fe en el cumplimiento
de las promesas divinas de la salvación, por otro, le revela
también que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe
al lado del Salvador que sufre, y que su maternidad será oscura
y dolorosa. En efecto, después de la visita de los Magos,
después de su homenaje (« postrándose le adoraron »), después de
ofrecer unos dones (cf. Mt 2, 11), María con el niño debe huir a
Egipto bajo la protección diligente de José, porque « Herodes
buscaba al niño para matarlo » (cf. Mt 2, 13). Y hasta la muerte
de Herodes tendrán que permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15).
(Redemptoris Mater, 16)

Entre las medallas marianas
destaca, por su extraordinaria difusión, la denominada
"Medalla Milagrosa". Tuvo su origen en las apariciones de la
Virgen María, en 1830, a una humilde novicia de las Hijas de la
Caridad, la futura Santa Catalina Labouré. La medalla, acuñada
conforme a las indicaciones de la Virgen a la Santa, ha sido
llamada "microcosmos mariano" a causa de su rico simbolismo:
recuerda el misterio de la Redención, el amor del Corazón de
Cristo y del Corazón doloroso de Maria, la función mediadora de
la Virgen, el misterio de la Iglesia, la relación entre la
tierra y el cielo, entre la vida temporal y la vida eterna.
Un nuevo
impulso para la difusión de la "Medalla Milagrosa" vino
de San Maximiliano María Kolbe (+1941) y de los movimientos que
inició o que se inspiraron en él. En 1917 adoptó la "medalla
milagrosa" como distintivo de la Pía Unión de la Milicia de la
Inmaculada, fundada por él en Roma, cuando era un joven
religioso de los Hermanos Menores Conventuales.
La
"Medalla Milagrosa", como el resto de las medallas de la
Virgen y otros objetos de culto, no es un talismán ni debe
conducir a una vana credulidad. La promesa de la Virgen, según
la cual "los que la lleven recibirán grandes gracias", exige de
los fieles una adhesión humilde y tenaz al mensaje cristiano,
una oración perseverante y confiada, una conducta coherente.
La Iglesia bendice estos
objetos de piedad mariana, recordando que "sirven para
rememorar el amor de Dios y para aumentar la confianza en la
Virgen María", pero les advierte que no deben olvidar que la
devoción a la Madre de Jesús exige sobre todo "un testimonio
coherente de vida". (Directorio sobre la piedad popular y la
liturgia, 206)
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